Saben? al recordar esto me sorprende
buscar en la memoria y comprobar que sólo una persona de las tantas que
pasaron, influyeron tanto en mi vida. Tal vez por eso es que le escribo
estos parrafitos.
Llegó a mi vida un martes de febrero a las 5:10 de la tarde, cuando tenía 16 años. Ya lo había visto antes caminando por los pasillos del
cole, siempre de la misma forma: un maletín que cargaba varios libros – eso lo
comprobé ese martes de febrero – y siempre de traje, una chompita y por dentro
una camisa, parecía su uniforme. Obviamente variaba los colores, pero siempre tenía
ese estilo. Respondía a los muchos “buenas tardes” que sus alumnos (de quienes sabía el nombre) y sus colegas le
daban, siempre con la sonrisa que
parecía ya estar dibujada en su carita. Parecía un ermitaño, Bueno, la cosa es que ese martes de febrero
ingresó al aula.
Entró. Dejó su maletín en la mesa asignada para los profes, al frente
del aula. Sacó y apiló uno sobre otro todos los libros (creo que eran 7, son más de las materias que dictaba)
que cargaba en su maletín negro. Se volteó a nosotros y “Buenas tardes jóvenes”
dijo con su sonrisa de siempre. Empezó por presentarse y después nos dio paso
a presentarnos nosotros.
Que por qué les cuento ese primer día?? Les digo porque: a comparación de mis otros
profes, él no ingresó vociferando desde la puerta el saludo sin mirar a nadie. Ingresó, se tomó
el tiempo para acomodar sus libros y nos saludó de frente, mirándonos y dándose
tiempo para ello. Ingresó, saludó, se
presentó y nos dio paso para presentarnos nosotros, algo que un profe hasta ese
entonces (y hasta cuando me fui del cole) no había hecho, era algo raro en un colegio
como en el que yo estaba, donde sólo exigían y pocas veces reconocían los méritos,
o dónde hacer una actividad extracurricular era una proeza que pocos la conseguíamos,
donde casi todo era regido por las lecciones que tocaba avanzar de acuerdo al
texto.
Recuerdo otra clase: era un jueves de junio, casi a media tarde. No sé cómo
llegamos a ese punto, pero llegamos. El tema: el mismo del que nos hablan a los
que hemos pasado por la pre y la promo: elegir una carrera y pensar en ser
profesionales. Pero ese jueves él se refirió a algo más: nos recomendó elegir
lo que quisiéramos (ojo con esa última palabra), aunque esto no sea siguiendo una carrera formal (es decir
tener un cartón q diga q soy licenciada/o en tal o cual cosa) “Hagan lo que les
gusta hacer, pero háganlo bien. Si se vana dedicar a cocinar, cocinen bien para que el día que yo vaya a ver a qué se
dedican me alabe a mi mismo diciendo ‘él o ella era mi alumno’”. Después dijo
la frase que se me quedaría grabada en la memoria hasta ahora “…Y CUANDO
LLEGUEN MUY ALTO NO DEJEN DE ANDAR EN MICRO Y NO DEJEN DE IR AL MERCADO
RODRÍGUEZ”.
Ya ven porqué lo recuerdo tanto? Tal vez esta frase o el cómo se presentó
el primer día fue lo que hizo que gran parte de mis compañeros y yo deseáramos que
fuera él quien nos entregara el diploma en la graduación. Desde el
primer día supimos que no era del montón (por lo menos yo), desde el principio marcó
la diferencia. Desde el principio supimos que se llamaba Roberto
Ríos y desde el principio él supo cómo nos llamábamos cada uno de nosotros.
Diez años después de terminar el cole y haber dicho adiós al Profe
Roberto, sigo comprobando que hay personas que se convierten en inmortales por
seguir lo que les gusta y contagiar ese mismo ánimo a los demás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario