Páginas

lunes, 31 de enero de 2011

Machu Pichu III y IV parte - La Maldición del turista.!!!

III Parte - Por fin Machu Pichu!!!

Aquí estamos, frente a la entrada de las ruinas de Machu Pichu, ciudad a la que hemos llegado después de dos días de viaje, y esta mañana todavía tuvimos que hacer otro viajecito.

Nos despartamos como a las 5:45 am, tal vez porque hace demasiado calor como para seguir envueltas en frazadas. Llovió toda la noche y eso nos preocupó un  momento pues  los comunarios nos advirtieron que si hay demasiada lluvia, el transporte a Machu Pichu detiene su trabajo por lo peligroso del camino o porque simplemente este desaparece por los derrumbes.

Estábamos casi listas. Yo pretendía llevar mí sagrada mochila con lo necesario, a mi parecer, para sobrevivir ese día: una botella  con agua, algo sólido para comer, un sombrero y lentes oscuros (creo que eso fue todo, la verdad no recuerdo todas las pequeñas cosas que pretendía llevar). “No lleves tanto” me dice Janeth “solo nos va a molestar”. Y le hago caso.

 “No van a salir?? El taxi está aquí” nos llama desde la puerta el administrador del hospedaje. Janeth y yo salimos  cómo podemos y en serio es cómo podemos, porque en ese apuro olvido todo lo que había preparado para llevar en la mochila (qué macana…!!). Me arrepiento de haber dejado la mochila de lado y de alguna manera, de haber hecho caso a mi amiga pues nos quedamos sin nada y  durante el día tuvimos que sobrevivir sólo con el agua que compré en Aguas Calientes (me costó 4 soles, que en cambio a moneda boliviana es 10 bs.) y que llevé en la mano todo el día junto a nuestras chamarras (es que cuando salimos caía una lluvia menuda, pero intensa y se sentía un frío paceño).

El taxi solo nos lleva hasta una parte del camino, la otra parte se había derrumbado, tal cual nos lo habían dicho la noche anterior. Todos los pasajeros tenemos que descender por un camino resbaloso e improvisado hacia El Puente, como se llama el sector porque existe un puente colgante sobre el río Urubamba que debemos pasar todos los que queremos llegar a la otra orilla.

Nosotras y los turistas por supuesto que lo disfrutamos; nos tomamos las fotos que podemos. Los demás turistas hacen lo mismo (jajaj es genial ver cómo se revierten las cosas: en nuestro país vemos raro a los turistas que fotografían toda cosa “interesante” que ven, ahora nosotras estamos en el grupo de los raros..jejeje); en cambio, los comunarios pasan y ya, supongo que es porque ya vieron este paisaje en muchas ocasiones,  y sólo se  apresuran para llegar a tomar el tren que sale a las 8 am y los trasladará a las otras poblaciones del lugar.

Tratamos de alcanzarlos y no quedarnos atrás. Janeth empieza a sentir que le falta el aire y apenas puede respirar, pero después de un tramo del camino recupera el aliento. Sólo era cuestión de acostumbrarse.   Yo, en cambio, me distraigo sacando cuanta foto puedo al paisaje. Una de ellas es a la caída de agua de una cueva, no se ve de dónde proviene el líquido, el  hueco está en medio de una montaña rocosa y es sólo eso: un hueco por donde cae el agua al río Urubamba.

Creo que caminamos unos 45 minutos y llegamos al sector llamado Central Hidroeléctrica (porque es la planta generadora de electricidad que más alcance tiene a los poblados vecinos, según nos explica doña Tomasa Vargas, de la cual les contaré más adelante) y es el lugar de donde debemos tomar el tren hacia Machu Pichu, creo que es la única forma de llegar hasta allá porque tampoco vemos un camino carretero y los lugareños tampoco hablan de otra forma de transporte por el lugar.

En la estación del ferrocarril a los comunarios les cobran entre 3 a 5 soles. Nosotras no sabemos cuál es el costo de la “clase turista”, así que nos ponemos en la misma fila, pero no nos venden los mismos boletos porque no tenemos el famoso DNI (que en Perú viene a ser como el carnet de identidad), solo tenemos la C.I. boliviana, así que nos envían a la otra fila que es la de turistas, donde no hay casi nadie y nos cobran 18 dólares a cada una. !!! ni el ser estudiante y portar la matricula nos salva del precio!!!.

Llega el tren y abordamos nuestro vagón “clase turista” ( a estas alturas ya estoy  renegando por lo caro del boleto, así que es sarcasmo eso de “clase turista”… grrrrr…). No me quejo, es cómodo “Me siento importante” dice Janeth en tono de broma. Genial !! Somos las primeras, así que nuevamente tenemos asientos para escoger…jejje. Esperamos a que ingresen los otros cuatro que viajarán también en “clase turista” y allá vamos otra vez, pero ahora para hacer parada en nuestro objetivo: Machu Pichu.

Llegamos a la zona turística de Aguas Calientes - como es conocida la población - en casi 50 minutos. Janeth y yo vamos a buscar el lugar de donde podamos que comprar los boletos de pase a las ruinas. ¿Los precios? 63 soles  para estudiantes extranjeros y 32 para los nacionales, 126 para los adultos extranjeros y 60 para nacionales. Para no pasar apuros  en el camino, antes decidimos ir a algún cajero por un dinerito extra. Pero no!! No encontramos un cajero que pueda ser compatible con alguna tarjeta de crédito. Qué mala onda, hoy estamos con la maldición de la “clase turista” (me refiero a que un visitante de otras tierras debe encontrar algo que sea compatible con lo que trajo desde tus tierras, sino, pesa sobre él la maldición).

“Mejor compramos y luego buscamos  un cajero” sugiero a Janeth. Y dicho y hecho nos vamos a comprar las entradas.  Janeth la compra sin ningún problema, pero yo sigo con la maldición ¡¡¡  No tengo mí matricula de la actual gestión! Me quiero cortar las venas!!!  El señor que atiende en la ventanilla no me vende la entrada y para tratar de solucionar el problema nos envía donde el administrador  de turno para que pueda dar o no la orden de venderme la entrada en clase estudiante extranjero, pero finalmente turista.

Después de unos 15 minutos de rogar e implorar el administrador accede. “Te la vendemos aquí, pero con el riesgo de que arriba te pidan el reintegro”. No tengo de otra, prefiero arriesgarme a pagar el reintegro a quedarme ahí, a unos metros de la ciudadela, después de haber hecho un viaje tan largo  y no poder lograr el objetivo.

Y con esto ya estamos en el último trato demuestro viaje, sólo debemos caminar una hora (de acuerdo a lo que indicaba el blog) y llegaremos a las ruinas de Machu Pichu. Al ingreso de la subida a las montañas hay un primer control de entradas donde todos los visitantes deben mostrar sus boletos.

Para hacer el ascenso a las ruinas hay dos caminos: uno peatonal formado por graditas de piedras, y el otro para los buses. Nosotras seguimos el primero pues tampoco sabíamos del primero, así que trepamos las más de 1000 graditas hasta llegar a las puertas de ingreso. Ahora solo resta pasar la prueba de fuego: ingresar con la matricula de la gestión pasada. Estamos en la puerta, revisa el boleto y… no me dicen nada ¡¡¡Lo logramos, estamos en Machu Pichu!!!

Machu Pichu – parte IV

Son casi las 5:20 pm, ya terminamos de ver casi toda la ciudadela. No vamos a las ruinas  de la montaña Wayna Pichu porque se hará tarde y no alcanzaremos a tomar el tren que sale a las 6, así que ya es hora de retornar. En nuestro siguiente viaje (en caso de que lo hagamos) iremos a ver Wayna Pichu que pocas veces es mencionada en los libros.

Bajamos las graditas jugando a ver si ganamos al bus que también descendió  a la misma hora que nosotras, pero es obvio que nos gana el bus; no lo alcanzamos a él ni a tomar el tren de  regreso a la Hidroeléctrica. ¡¡¡En serio, hoy estamos con la maldición del turista!!!

No queda de otra, tenemos que volver caminando. No sabemos a cuántos kilómetros esta la hidroeléctrica y menos aún Santa Teresa, tampoco es hora de pensar en la distancia. No podemos quedarnos a dormir en Aguas Calientes porque no tenemos nuestra ropa ni el dinero suficiente para pasar la noche, así que a empezar la caminata forzosa.

Como no sabemos la ruta que debemos seguir, peguntamos a algún vecino del lugar. Para nuestra sorpresa nos indica el mismo camino que tomamos para llegar desde las ruinas a la población..!!! qué macana!! Por qué no se nos habrá ocurrido preguntar a alguien cuando estábamos allá !!!! Bueno, ni modo, a des-andar lo que ya habíamos andado. En el camino preguntamos a otras personas sobre el camino, esto para asegurarnos de que vamos por la ruta correcta. “No se pierdan de las vías del tren, pero tienen que apurarse porque la noche les va agarrar” nos dice una señora. Sin pensarlo más nos ponemos en caminar lo más rápido que podemos.

En el camino de regreso encontramos a varios turistas que se dirigen hasta la población de Aguas Calientes, en realidad son muchos y eso nos da un poco de alivio porque no estamos solas en ese camino donde solo las vías del tren,  el monte y su fauna nos acompañan.

Caminamos muy rápido, casi corremos. Janeth no se distrae con nada y está concentrada en caminar y caminar, en cambio yo me quedo atrás porque me distraigo viendo los arboles, a cuanto animalitos raros que se atraviesan por mi vista,  o simplemente mirando el rio Urubamba que nos acompaña todo el camino hasta Santa Teresa

El sol ha desaparecido y la noche ha empezado a abrirse paso. Ya hemos caminado casi dos horas sin alejarnos de las vías del tren como nos indicó la señora. Al fin podemos ver a la rivera del rio una franja de luces amarillas que nos indican que ya estamos casi cerca de la Central Hidroeléctrica, así que caminamos un poco más rápido.

Cuando llegamos al lugar nos alegramos de ver a personas que están saliendo, pues sabemos que hay un minivan que los transporta hasta Santa Teresa de donde son todos los trabajadores. Nos acercamos a un señor que todavía está con el uniforme anaranjado para preguntarle cuál es la ruta que debemos tomar para llegar hasta El Puente. “A nosotros nos va a llevar la vagoneta, pero a ustedes no creo, no saben querer llevar a turistas” nos dice. Esto nos asusta un poco.

Un par de personas que también salen de la planta y pretenden irse nos ofrecen su compañía y por supuesto aceptamos. Pero uno, dos, tres, cinco, 10 minutos tardan que preferimos caminar y tratar de llegar solas hasta El Puente.

Ya hemos caminado como una hora. El camino es vacío y oscuro, solo hay piedras y derrumbes a un lado; al  otro lado está el rio alborotado y ruidoso, que a esa hora de noche da más miedo del que puede dar  por la mañana.

Seguimos caminando y está más oscuro, así que el camino ya no es tan visible. Janeth decide encender la linterna que llevamos con nosotras (por suerte o por precavías, no sé). Ahora seguimos caminando pero nos acompaña una lucecita que nos muestra el camino que parece que nunca se acaba. Después de un par de horas llegamos a un cruce en el camino que  no habíamos  visto por la mañana. No sabemos por dónde ir, nos quedamos paradas  en el cruce un par de minutos. Ahora estamos más asuntadas que cuando cayó la noche. ¡¡¡Por qué no habremos visto por dónde diantres veníamos en la mañana.!!!! Janeth toma la decisión y seguimos por el camino que está al borde del río. Yo no me opongo porque estoy más asustada que ella. Nos tomamos del brazo y casi corremos, por lo rápido de nuestros pasos.

De vez en cuando movemos de lado a lado la linternita para ver por dónde vamos y lo único que vemos son rocas a un lado y río al otro. “¿Te acuerdas de esto???” me pregunta Janeth  preocupada “No…” le respondo y es que en la mañana no me preocupé por ver  por dónde íbamos, sino en sacar fotos a las cosas interesantes que veía y que  en este momento ya me parecen tonterías por haberles tomado más atención que al camino.

Seguimos caminando, ya casi dos horas y aún no encontramos ese bendito puente!!. Tampoco aparece la vagoneta que supuestamente trasportaría a los trabajadores de la hidroeléctrica y nadie ha dado muestras de transitar por ese camino, ni aquellos que dijeron que caminarían con nosotras.

Movemos nuevamente la linternita ¡¡¡Ahí está!!!! Gritamos emocionadas. Casi nos abrazamos. El acceso al puente ya se veía. Por Dios, el alma nos regresa al cuerpo.!!!  Cruzamos el puente y abajo no se ve nada, todo está  oscuro. Sólo se escucha el del río que corre, pero no nos detenemos a escucharlo y a averiguar cómo está, nos asustaríamos más. Trepamos a duras penas  la cuesta que bajamos por la mañana y por fin: estamos en el camino carretero.

Ahí encontramos a cuatro trabajadores de la Planta Hidroeléctrica. Son tres mujeres y dos hombres que esperan al conductor del minivan que los retornará a Santa Teresa. Janeth y yo nos alegramos de ver a alguien por esos lares donde solo hay  rocas, río y vegetación, que a esa hora está envuelta en oscuridad.  Les preguntamos lo obvio “ustedes van hasta Santa Teresa??” “Sí” nos responde una de las señoras. “Pero no aparece el chofer, pero no creo que les quiera llevar a ustedes. Yo me quiero ir nomás pero no tengo linterna” nos dice. “Nosotras tenemos” y dicho y hecho, la señora se ofrece a caminar con nosotras.

Se llama Tomasa Vargas (creo que ese nombre lo voy a recordar toda mi vida porque es el primero que escucho después de un gran susto) tiene unos 45 años y nos cuenta que tiene seis hijos, dos varones y cuatro mujeres, las ultimas aún viven con ella. Ella ha vivido en el lugar casi toda su vida. Nos cuenta que antes de ingresar a trabajar a la planta hidroeléctrica se dedicaba al cultivo de coca en la comunidad de Cochapampa. Esto no le brindaba tanto réditos  y decidió dejarlo por empleos con un sueldo fijo, entre ellos el de la hidroeléctrica. “Tenemos más cosas: el seguro (de salud), el aguinaldo y el sueldo fijo” no dice. Ella cargaba ese día un saco  lleno de pelotas, bueno unas cinco ocupaban todo el espacio (eso lo sé porque le ayudé a cargar, no era pesado, pero tenía que ayudarla en algo, no?). “Me han regalado en la  planta para mis hijos”, nos cuenta.

La verdad no sé qué habríamos hecho sin ella por ese camino. Como ella ha vivido en el lugar por mucho tiempo es experimentada en esos terrenos y sabe prever y saber por dónde puede encontrarse el peligro. Así lo demuestra en tramos por donde nos cruzamos pequeñas corrientes de agua que cubren el camino, ella bordeaba y sabía que lugares se deben o no pisar para atravesarlos; en algunos derrumbes, corríamos a su orden porque las rocas que caían de las pendientes podían impactar con nosotras. “El camino es peligroso” le digo a manera de comentario. “Sí. Hay varios derrumbes por esta época,  por eso no quieren llevar a los turistas en el minivan. Si pasa algún accidente a nosotros nos cubre el seguro, pero a los turistas no y puede traer problemas a la empresa” nos explica. Y recién entendemos porque no nos querían llevar con ellos desde la Hidroeléctrica.

Entre charla de donde éramos y de a lo que se dedicaba ella, hemos caminado una hora y media aproximadamente. Ya podemos ver las luces de Santa Teresa desde una parte del camino, pero aun falta caminar un buen trecho. No protestamos, sino al contrario, estamos felices, especialmente Janeth y yo, porque ya estamos próximas a llegar a civilización, tan deseada hace un par de horas.

Cuando estamos a las puertas de un poblado cercano aparece el minivan de la planta hidroeléctrica. Doña Tomasa nos dice que roguemos al conductor para que nos pueda trasladar también a  nosotras. Ella hace la parada al minivan que se detiene al verla y la recoge. Nosotras rogamos al conductor para que nos lleve con ellos. Los pasajeros al escucharnos se adhieren a nuestros ruegos. Uno de ellos es el señor  al que encontramos en la planta cuando llegamos al lugar. “Han caminado arto” le dice al conductor y este accede a llevarnos. Ambas subimos  y después de un buen tramos (10 minutos aproximadamente) vemos que todavía nos faltaba mucho camino que recorrer.

Por fin llegamos a Santa Teresa. Nos alegra saber que estamos entre personas tan amables como  doña Teresa, el señor que encontramos en la planta hidroeléctrica y los pasajeros del minivan.  El conductor no nos cobra nada por el transporte, todos nos recomiendan cuidarnos y cada quien toma el camino a su casa.

Nosotras hacemos lo mismo. Primero comemos y después nos dirigimos a nuestro hospedaje. El administrador al vernos nos dice “¿¿¿han llegado???”. Hasta ahora  no sé si fue sorpresa o sólo una pregunta de rutina, pero me inclino más por la primera opción porque estábamos con unas caras que daban pena.

Creo que por ese día acabó la maldición del turista. No tratamos de sacar la moraleja (y hasta ahora no sé cuál es el aprendizaje), pero puedo jurar que esa noche la cama fue lo más hermoso del mundo.