Cuando tenía ocho años me enseñaron en la escuela que el agua, y por ende los ríos, eran recursos renovables. Han pasado 15 años y ahora sé que los ríos son recursos naturales perecederos.
"La riqueza natural de Bolivia es una bendición" nos vanagloriábamos los bolivianos, considerándonos afortunados por vivir en un país donde aún encontrábamos grandes extensiones de bosques y tierras húmedas. En la actualidad esa vanidad y riquezas están desapareciendo por la falta de agua, problema que no solo afecta a nuestro país, sino al mundo entero; claro ejemplo de esto es la desaparición de los ríos y caídas de agua en los Yungas paceños.
Recuerdo que en los viajes de vacaciones a los que me llevaban mis padres a recorrer los Yungas, los ríos y el verdor en los márgenes del camino era lo que más me llamaba la atención, porque confirmaba lo que mi profesora Gloria nos enseñaba acerca de los recursos naturales y la riqueza que poseía Bolivia. A lo impactante del paisaje no faltaba el conductor o viajero intrépido que pedía bajar del bus para refrescarse en los miles de litros que descendían de los ríos, idea a lo que los demás secundábamos.
En el último viaje que pude realizar lo que llamó mi atención fueron también los ríos, o lo que quedó de ellos, pues ahora los encontré secos y lo que bañaba las rocas no era más que el polvo levantado por el trajín de los buses que circulan por la carretera.
Al parecer ningún otro viajero más que yo lo notaba ¿será porque yo estaba viendo el paisaje que de niña me llamó tanto la atención? ¿Será porque no les interesaba? o ¿se habrán acostumbrado a verlos disminuir cada año hasta desaparecer? no lo sé...
El recuerdo que ahora tengo de los paisajes yungueños es solo una comparación entre el pasado y el presente, y está de más decir cómo será el futuro...qué pena
jueves, 12 de noviembre de 2009
martes, 3 de noviembre de 2009
¡Qué pasa señor conductor...!
A muchos de nosotros nos ha ocurrido que gracias a las apresuradas carreras de los minibuses que tomamos, casi llegamos a otro destino que por supuesto no era el pensado al iniciar el viaje. Quiero compartir con ustedes un hecho que no creo que solo me haya pasado a mí.
- Después de atravesar una serie de peripecias, a las 7:15 de la mañana arribo a la Carrera de Comunicación Social, ubicada a dos cuadras de la Terminal de Buses de La Paz. El día se ha iniciado con el pie izquierdo, pues los sustos dentro del transporte han acompañado a la comida matinal.
Despierto con las noticias que el pequeño radio reloj ha puesto en sintonía a las seis de la mañana, pero no me importa, pues mis sentidos aún se encuentran entre los sabores del sueño. Son alrededor de 10 minutos que divago en la cama y peleo por escapar de los brazos de Morfeo para entregarme a las aulas de Comunicación Social.
Son las 6:15. Me levanto con gran pereza y me dirijo a la cocina a preparar el desayuno que con suerte lograré tener entre mi boca. El desayuno está listo antes de lo previsto. Vierto en una taza la avena con leche de la que consta la comida matinal y la dejo en la mesa para que enfríe y así consumirlo más fácilmente.
Sin pensarlo dos veces me dirijo a la ducha para quitarme del todo el pesado sueño. El jabón, el agua y la toalla han cumplido con su misión y ahora corro a la habitación que comparto con la hermana menor de la familia que aún duerme — ¡qué envidia! — de forma rápida me visto; un pantalón jeans, una chompa de cuello largo y otra que acompaña el conjunto para abrigarme del frío de la mañana son los atuendos elegidos para el día jueves y preparados desde el día anterior.
Desciendo a la cocina y absorbo lo que puedo de la taza de avena que se ha puesto tibia por el roce del frío mañanero que se impregna por toda la casa.
Salgo a toda prisa para descender por las tres cuadras que me separan de la avenida América en la zona de Villa Fátima.
Por suerte un minibús ha salido de no sé dónde, pero tampoco me importa averiguarlo. Levanto la mano para que éste se detenga y mis deseos son cumplidos. El voceador apresuradamente abre la puerta corrediza y me apresura a subir por los tres escalones que me dan acceso al minibús marca Toyota.
El chofer no espera a que tome asiento y arranca a tal velocidad que me es involuntario el arrellanarme en el segundo asiento de la parte posterior del móvil.
Dos cuadras más allá, un par de mujeres que se disponen a ir a la Ceja de El Alto, suben a la movilidad, teniendo antes la precaución de preguntar el destino al que se dirigen, pero se acomodan entre los primero asientos en las mismas circunstancias con las que yo llegué a tomar mi lugar.
Son las 6:55. Han transcurrido siete minutos exactamente. Nos encontramos en la avenida Tejada Sorzano. La velocidad con la que avanza el minibús está a mi favor, pues debido a la hora, la avenida se ha mantenido desierta todavía.
El minibús está casi lleno. De pronto otro minibús se detiene unos metros más adelante del nuestro para coger un pasajero. El minibús que tripulamos 11 personas ya, se detiene de pronto sorprendiendo a todos los ocupantes.
Las quejas no son tan notorias, al parecer es más grande el susto que los pasajeros nos llevamos a primeras horas de la mañana, y solo se escuchan algunos comentarios.
— ¡Cuidado! — exclama la mayoría de las personas
—¡qué ha pasado! — se escucha preguntar a otra.
Alguno que otro despistado, con la mirada perdida por la ventanilla, se da cuenta de la situación sólo cuando la inercia nos mueve a todos en una sola dirección.
Al parecer los tripulantes hemos olvidado el susto más antes de lo pensado. El minibús sigue su ruta. Ahora ha llegado a las inmediaciones del Mercado Yungas, y las calles aún están despejadas e ingresa a la calle Ballivián.
Antes de llegar a la plaza Murillo, otro pasajero hace la parada a la movilidad, la misma que para cogerlo debe arrinconarse a la esquina. Sin darse cuenta, de la esquina de la calle Colón aparece un radio taxi, que de no ser por los rápidos pies de nuestro conductor, la historia que se contaría sería otra.
En esta ocasión los ocupantes hacen conocer de forma clara su molestia por la imprudencia del conductor.
— ¡Tenga cuidado maestro, no está llevando carga! — grita desde atrás un hombre que no pasa de los 40 años.
— ¡Más cuidado…! ¡Qué pasa…! — exclama una de las mujeres que viaja en los primeros asientos de la parte posterior, y que al parecer, la inercia le ha dado más fuerte.
Entre los pasajeros no falta alguien que exclama una de las palabras que son tan conocidas en nuestro vocabulario de rabia o discusión que se estrellan contra la integridad del apresurado conductor, que, irónicamente, llevaba entre los autoadhesivos del interior del minibús el mensaje que rezaba “Mas vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto.”
Ya en la plaza Murillo, el acelerado minibús disminuye a velocidad, pero la molestia de la gente no pasa, y, al parecer, los policías que se encuentran en las inmediaciones no se han percatado de lo que sucede en los alrededores de la plaza central.
El móvil ahora ha ingresado a la calle Ingavi que nos llevará hasta la avenida Montes, y, posteriormente, a la Autopista que une las ciudades de La Paz y El Alto, donde, al parecer, retomará la velocidad inicial con la que también estreno el día.
Antes que el minibús ingrese a su otra loca carrera por la autopista, desciendo del móvil, para correr y tratar de llegar temprano a la clase de Redacción III. Por lo visto conseguí el objetivo, pero el susto quién me lo quita…
- Después de atravesar una serie de peripecias, a las 7:15 de la mañana arribo a la Carrera de Comunicación Social, ubicada a dos cuadras de la Terminal de Buses de La Paz. El día se ha iniciado con el pie izquierdo, pues los sustos dentro del transporte han acompañado a la comida matinal.
Despierto con las noticias que el pequeño radio reloj ha puesto en sintonía a las seis de la mañana, pero no me importa, pues mis sentidos aún se encuentran entre los sabores del sueño. Son alrededor de 10 minutos que divago en la cama y peleo por escapar de los brazos de Morfeo para entregarme a las aulas de Comunicación Social.
Son las 6:15. Me levanto con gran pereza y me dirijo a la cocina a preparar el desayuno que con suerte lograré tener entre mi boca. El desayuno está listo antes de lo previsto. Vierto en una taza la avena con leche de la que consta la comida matinal y la dejo en la mesa para que enfríe y así consumirlo más fácilmente.
Sin pensarlo dos veces me dirijo a la ducha para quitarme del todo el pesado sueño. El jabón, el agua y la toalla han cumplido con su misión y ahora corro a la habitación que comparto con la hermana menor de la familia que aún duerme — ¡qué envidia! — de forma rápida me visto; un pantalón jeans, una chompa de cuello largo y otra que acompaña el conjunto para abrigarme del frío de la mañana son los atuendos elegidos para el día jueves y preparados desde el día anterior.
Desciendo a la cocina y absorbo lo que puedo de la taza de avena que se ha puesto tibia por el roce del frío mañanero que se impregna por toda la casa.
Salgo a toda prisa para descender por las tres cuadras que me separan de la avenida América en la zona de Villa Fátima.
Por suerte un minibús ha salido de no sé dónde, pero tampoco me importa averiguarlo. Levanto la mano para que éste se detenga y mis deseos son cumplidos. El voceador apresuradamente abre la puerta corrediza y me apresura a subir por los tres escalones que me dan acceso al minibús marca Toyota.
El chofer no espera a que tome asiento y arranca a tal velocidad que me es involuntario el arrellanarme en el segundo asiento de la parte posterior del móvil.
Dos cuadras más allá, un par de mujeres que se disponen a ir a la Ceja de El Alto, suben a la movilidad, teniendo antes la precaución de preguntar el destino al que se dirigen, pero se acomodan entre los primero asientos en las mismas circunstancias con las que yo llegué a tomar mi lugar.
Son las 6:55. Han transcurrido siete minutos exactamente. Nos encontramos en la avenida Tejada Sorzano. La velocidad con la que avanza el minibús está a mi favor, pues debido a la hora, la avenida se ha mantenido desierta todavía.
El minibús está casi lleno. De pronto otro minibús se detiene unos metros más adelante del nuestro para coger un pasajero. El minibús que tripulamos 11 personas ya, se detiene de pronto sorprendiendo a todos los ocupantes.
Las quejas no son tan notorias, al parecer es más grande el susto que los pasajeros nos llevamos a primeras horas de la mañana, y solo se escuchan algunos comentarios.
— ¡Cuidado! — exclama la mayoría de las personas
—¡qué ha pasado! — se escucha preguntar a otra.
Alguno que otro despistado, con la mirada perdida por la ventanilla, se da cuenta de la situación sólo cuando la inercia nos mueve a todos en una sola dirección.
Al parecer los tripulantes hemos olvidado el susto más antes de lo pensado. El minibús sigue su ruta. Ahora ha llegado a las inmediaciones del Mercado Yungas, y las calles aún están despejadas e ingresa a la calle Ballivián.
Antes de llegar a la plaza Murillo, otro pasajero hace la parada a la movilidad, la misma que para cogerlo debe arrinconarse a la esquina. Sin darse cuenta, de la esquina de la calle Colón aparece un radio taxi, que de no ser por los rápidos pies de nuestro conductor, la historia que se contaría sería otra.
En esta ocasión los ocupantes hacen conocer de forma clara su molestia por la imprudencia del conductor.
— ¡Tenga cuidado maestro, no está llevando carga! — grita desde atrás un hombre que no pasa de los 40 años.
— ¡Más cuidado…! ¡Qué pasa…! — exclama una de las mujeres que viaja en los primeros asientos de la parte posterior, y que al parecer, la inercia le ha dado más fuerte.
Entre los pasajeros no falta alguien que exclama una de las palabras que son tan conocidas en nuestro vocabulario de rabia o discusión que se estrellan contra la integridad del apresurado conductor, que, irónicamente, llevaba entre los autoadhesivos del interior del minibús el mensaje que rezaba “Mas vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto.”
Ya en la plaza Murillo, el acelerado minibús disminuye a velocidad, pero la molestia de la gente no pasa, y, al parecer, los policías que se encuentran en las inmediaciones no se han percatado de lo que sucede en los alrededores de la plaza central.
El móvil ahora ha ingresado a la calle Ingavi que nos llevará hasta la avenida Montes, y, posteriormente, a la Autopista que une las ciudades de La Paz y El Alto, donde, al parecer, retomará la velocidad inicial con la que también estreno el día.
Antes que el minibús ingrese a su otra loca carrera por la autopista, desciendo del móvil, para correr y tratar de llegar temprano a la clase de Redacción III. Por lo visto conseguí el objetivo, pero el susto quién me lo quita…
miércoles, 21 de octubre de 2009
Bolivia, el mundo del revés y los sueños
Al poner mis dedos sobre las teclas, se me vino a la memoria aquella canción que de niña me enseñaron en la escuela; El mundo del revés.
No sé por qué, pero esta elección presidencial 2009 me recuerda mucho a ese tema. Les voy a contar por qué.
Empecemos por el titulo: El mundo del revés…. Bolivia se ha convertido en el centro de atención de muchos organismos internacionales, analistas y demás “mirones de la democracia“que nos ven como una especie de bicho raro democrático, o experimento de democracia, tal como si fuera un mundo del revés de las democracias comunes y silvestres que se ejercitan en otros países.
Bueno, el tema completo no lo recuerdo, pero lo más sobresaliente me parece la siguiente frase “…que un ladrón es vigilante y otro el juez y que dos y dos son tres…”, o sea, Leopoldo Fernández y Manfred Reyes Villa.
No sé que sentir por ellos cuando los veo o escucho por algún medio de comunicación: pena, rabia, odio o simplemente echarme a reír o llorar. El primero postulándose sin el menor descaro después de lo sucedido en Pando el 11 de octubre de 2008, en el municipio de Porvenir; y el segundo, o sea Manfred, ahora con su ocurrencia de solicitar “colaboración” para su campaña electoral.
¿Acaso ustedes no creen que nos encontramos en el mundo del revés…??? A mí me parece que sí. Para dar la “colaboración” a la campaña de “El bombón” tenemos que vivir completamente en un mundo del revés donde el futuro y el pasado cambiaron de lugares y confundieron a los dos personajes que ya se imaginan (y eso es cien por ciento seguro en su imaginación) con la banda presidencial y sentados en las sillas de gobierno tratando de ser algo que debieron ser cuando tuvieron la oportunidad real.
En todo caso habrá que ver quiénes siguen este sueño que no pasará de ser eso, un sueño.
No sé por qué, pero esta elección presidencial 2009 me recuerda mucho a ese tema. Les voy a contar por qué.
Empecemos por el titulo: El mundo del revés…. Bolivia se ha convertido en el centro de atención de muchos organismos internacionales, analistas y demás “mirones de la democracia“que nos ven como una especie de bicho raro democrático, o experimento de democracia, tal como si fuera un mundo del revés de las democracias comunes y silvestres que se ejercitan en otros países.
Bueno, el tema completo no lo recuerdo, pero lo más sobresaliente me parece la siguiente frase “…que un ladrón es vigilante y otro el juez y que dos y dos son tres…”, o sea, Leopoldo Fernández y Manfred Reyes Villa.
No sé que sentir por ellos cuando los veo o escucho por algún medio de comunicación: pena, rabia, odio o simplemente echarme a reír o llorar. El primero postulándose sin el menor descaro después de lo sucedido en Pando el 11 de octubre de 2008, en el municipio de Porvenir; y el segundo, o sea Manfred, ahora con su ocurrencia de solicitar “colaboración” para su campaña electoral.
¿Acaso ustedes no creen que nos encontramos en el mundo del revés…??? A mí me parece que sí. Para dar la “colaboración” a la campaña de “El bombón” tenemos que vivir completamente en un mundo del revés donde el futuro y el pasado cambiaron de lugares y confundieron a los dos personajes que ya se imaginan (y eso es cien por ciento seguro en su imaginación) con la banda presidencial y sentados en las sillas de gobierno tratando de ser algo que debieron ser cuando tuvieron la oportunidad real.
En todo caso habrá que ver quiénes siguen este sueño que no pasará de ser eso, un sueño.
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lunes, 19 de octubre de 2009
Octubre ¿en qué quedó?
Los primeros caídos por la balas, disparadas de manera premeditada o sin ninguna intención de dañar a alguien (cosa que es muy poco probable) se empezaba a saber por los medios de comunicación.
La cosa no era para menos. Los habitantes de la ciudad de El Alto se movilizaban en rechazo de la venta del gas a Chile, considerado eterno rival de Bolivia y con quien no se habían limado asperezas por la centenaria pérdida del departamento del Litoral, y junto a él, el mar boliviano.
Los ánimos estaban exaltados y, tras una lucha sangrienta que duró una semana en los “campos de batalla” de la Plaza San Francisco y la ciudad de El Alto, se logró que el viernes 17 de octubre de 2003, el presidente de entonces Gonzalo Sánchez de Lozada, huyera del país en un helicóptero con destino a Estado Unidos, de un aeropuerto improvisado en la ciudad de Santa Cruz, después de que sus aliados en su coalición de gobierno, su vicepresidente Carlos Mesa y varios aliados a su gobierno, lo dejaran en medio de toda la confusión.
Los recuerdos aún están frescos y se anidaron en nuestras memorias, en las memorias de los sobrevivientes de aquella masacre alteña y en los familiares que después de seis años de larga espera para la llegada de la señora justicia, no logran que Gony vuelva posar su delicados pies en rudo suelo boliviano y vérselas cara a cara con los familiares de los 67 muertos — tal vez más tal vez menos— y el más de un centenar de heridos que resultaron de aquella batalla, que todos los que tuvimos la oportunidad de estará presentes, no la olvidaremos.
Y a todo esto, queda la necesaria pregunta ¿sirvieron de algo las muertes?, ¿la situación de los alteños cambió a partir de esta “guerra del gas"? ,¿la situación de los familiares que ofrendaron su vida, con o sin intención de hacerlo, ha cambiado?, ¿Habrá justicia para aquellos 67 muertos durante las contiendas y los más que se sumaron después a esta lista de fallecidos?.
La pregunta sigue flotando en el aire después de más de un lustro en que ni Derechos Humanos ni la tan mentada justicia boliviana han logrado extraditar al autor intelectual de tal masacre ni ha logrado identificar a los autores materiales y condenarlos. No puede ser que los afectados sometan estos actos a la justicia de la muerte que al parecer fue la única que se cobró con creces los actos y desapariciones del dictador Hugo Banzer Suárez que murió pero que un animal, y al parecer ahora, de Luís Arce Gómez.
Los familiares confían en la justicia divina, pero también se les debe devolver la fe en la justicia terrenal, pero que ésta no se haga esperar tanto pues…!!!
La cosa no era para menos. Los habitantes de la ciudad de El Alto se movilizaban en rechazo de la venta del gas a Chile, considerado eterno rival de Bolivia y con quien no se habían limado asperezas por la centenaria pérdida del departamento del Litoral, y junto a él, el mar boliviano.
Los ánimos estaban exaltados y, tras una lucha sangrienta que duró una semana en los “campos de batalla” de la Plaza San Francisco y la ciudad de El Alto, se logró que el viernes 17 de octubre de 2003, el presidente de entonces Gonzalo Sánchez de Lozada, huyera del país en un helicóptero con destino a Estado Unidos, de un aeropuerto improvisado en la ciudad de Santa Cruz, después de que sus aliados en su coalición de gobierno, su vicepresidente Carlos Mesa y varios aliados a su gobierno, lo dejaran en medio de toda la confusión.
Los recuerdos aún están frescos y se anidaron en nuestras memorias, en las memorias de los sobrevivientes de aquella masacre alteña y en los familiares que después de seis años de larga espera para la llegada de la señora justicia, no logran que Gony vuelva posar su delicados pies en rudo suelo boliviano y vérselas cara a cara con los familiares de los 67 muertos — tal vez más tal vez menos— y el más de un centenar de heridos que resultaron de aquella batalla, que todos los que tuvimos la oportunidad de estará presentes, no la olvidaremos.
Y a todo esto, queda la necesaria pregunta ¿sirvieron de algo las muertes?, ¿la situación de los alteños cambió a partir de esta “guerra del gas"? ,¿la situación de los familiares que ofrendaron su vida, con o sin intención de hacerlo, ha cambiado?, ¿Habrá justicia para aquellos 67 muertos durante las contiendas y los más que se sumaron después a esta lista de fallecidos?.
La pregunta sigue flotando en el aire después de más de un lustro en que ni Derechos Humanos ni la tan mentada justicia boliviana han logrado extraditar al autor intelectual de tal masacre ni ha logrado identificar a los autores materiales y condenarlos. No puede ser que los afectados sometan estos actos a la justicia de la muerte que al parecer fue la única que se cobró con creces los actos y desapariciones del dictador Hugo Banzer Suárez que murió pero que un animal, y al parecer ahora, de Luís Arce Gómez.
Los familiares confían en la justicia divina, pero también se les debe devolver la fe en la justicia terrenal, pero que ésta no se haga esperar tanto pues…!!!
sábado, 17 de octubre de 2009
Política propositiva
Es una experiencia que no olvidamos el conocer personas con las que compartimos ideales, con las que llevamos adelante proyectos o temas que nos competen, pues nos interesa y tenemos ideas iguales en torno a las misma; pero más interesante es aún cuando ideologías distintas encuentran rutas que las unen. Algunas impresiones del taller “Diálogo democrático Juvenil” al respecto de la unión y función de los tan conocidos, muy mencionados, pero poco practicados Debate, Diálogo y Deliberación.
La primera impresión que nos llevamos: “ ¡¡¡ Ays !!! chicos con los que no nos vamos a entender...” (Porque, a primera vista, solo tenemos una cosa en común; la juventud).
La segunda: un taller magistral, común y silvestre, como todos…
La tercera: conocer más gente y compartir situaciones similares entre nosotros, personas que tenemos las mismas características; juventud, profesamos una ideología, que la debemos defender (especialmente, porque estamos en etapa de elecciones nacionales) y por ende nos conduce a un debate, en el que mostramos nuestra inclinación y compromiso por un punto de vista; en este caso, la ideología de nuestra agrupación política.
La cuarta: al parecer no encontramos puntos de coincidencia. Solo nos limitamos a Debatir, pero… ¡oh sorpresa! Aquí hay el juego de un tercero; el moderador que nos pone los tiempos y nos dirige en el tema, que al parecer, al calor de la discusión, ha perdido su rumbo.
La quinta: ¿aprender a Dialogar? Parecía que lo hacíamos, pero no, era un Debate sin tregua donde muchos nos enfrentarnos a nuestros pares etareos, para acusarnos unos a otros del mal trabajo desarrollado en las gestiones gubernamentales anteriores.
La sexta: Los estereotipo no funcionan en el Diálogo, los participantes nos dirigimos a los demás jóvenes que en el Debate estaban invisivilizados, nuestros supuestos desaparecen, y lo más interesante, escuchamos y aparece información nueva que durante el Debate no había sido tomada en cuenta, y por supuesto, ni siquiera buscada: las propuestas.
La séptima: Todos estamos incluidos y somos participes de la construcción; tomamos tanto lo bueno y lo malo para enriquecer la nueva propuesta, ¡ups! pero el Debate no se queda atrás y se inmiscuye en la Deliberación, pero ya no para acorazar posiciones, sino para hacer un análisis más minucioso ayudando con ello a enriquecer a tener una propuesta mejor a la presentada en su génesis.
¿Resultaría interesante esta nueva forma de construcción de propuestas, no?, ¿Nos arriesgamos a lo nuevo?
La primera impresión que nos llevamos: “ ¡¡¡ Ays !!! chicos con los que no nos vamos a entender...” (Porque, a primera vista, solo tenemos una cosa en común; la juventud).
La segunda: un taller magistral, común y silvestre, como todos…
La tercera: conocer más gente y compartir situaciones similares entre nosotros, personas que tenemos las mismas características; juventud, profesamos una ideología, que la debemos defender (especialmente, porque estamos en etapa de elecciones nacionales) y por ende nos conduce a un debate, en el que mostramos nuestra inclinación y compromiso por un punto de vista; en este caso, la ideología de nuestra agrupación política.
La cuarta: al parecer no encontramos puntos de coincidencia. Solo nos limitamos a Debatir, pero… ¡oh sorpresa! Aquí hay el juego de un tercero; el moderador que nos pone los tiempos y nos dirige en el tema, que al parecer, al calor de la discusión, ha perdido su rumbo.
La quinta: ¿aprender a Dialogar? Parecía que lo hacíamos, pero no, era un Debate sin tregua donde muchos nos enfrentarnos a nuestros pares etareos, para acusarnos unos a otros del mal trabajo desarrollado en las gestiones gubernamentales anteriores.
La sexta: Los estereotipo no funcionan en el Diálogo, los participantes nos dirigimos a los demás jóvenes que en el Debate estaban invisivilizados, nuestros supuestos desaparecen, y lo más interesante, escuchamos y aparece información nueva que durante el Debate no había sido tomada en cuenta, y por supuesto, ni siquiera buscada: las propuestas.
La séptima: Todos estamos incluidos y somos participes de la construcción; tomamos tanto lo bueno y lo malo para enriquecer la nueva propuesta, ¡ups! pero el Debate no se queda atrás y se inmiscuye en la Deliberación, pero ya no para acorazar posiciones, sino para hacer un análisis más minucioso ayudando con ello a enriquecer a tener una propuesta mejor a la presentada en su génesis.
¿Resultaría interesante esta nueva forma de construcción de propuestas, no?, ¿Nos arriesgamos a lo nuevo?
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