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viernes, 21 de junio de 2013

Te invito a ver la luna

“Te invito a ver la Luna, así, tal cual estás,  sin maquillajes, sin máscaras, sin dinero, porque a la Luna no le importa eso” me dijo ayer y sin más ni más me llevó de la mano, medio dormida todavía, a la parte más alta del árbol de pino.
Yo no entendía porqué su apuro por ver la luna, de todas formas mañana estaría ahí, y si se ocultaba en algún lugar sólo era cuestión de tiempo  para verla otra vez. “Vamos antes de que la Parca llegue a buscarnos, ésa vieja no perdona a nadie, ni al rico ni al pobre, ni al poderoso ni al más miserable de los seres”  me dijo y  se sentó frente a la luna, como lo hace mi gatita cuando me espera por la noche.

Extendió sus brazos como si quisiera volar, empezó a estremecerse por el frío de la noche (y quién no. Este invierno está feíto y yo en camisón!!). Me tomó de la mano y empecé a sentir lo que sentía: el  frío nos roía los huesitos, se colaba en nuestra piel y hacía que cada vez  busquemos más nuestro calorcito interno, ese que cada uno tiene y la Parca nos lo quita cuando llega.

Me miró en silencio un cachito. Apuntó con su dedo pálido hacia la luna y me preguntó por qué ésa, la Luna,  tan brillante, pálida, lejana, preciosa como una perla y tan  grande como un queso chaqueño, estaba ahí brillando para todos, si todos no la veían.
Me preguntó tantas veces por qué, que su pregunta al final, para mí, perdió sentido y creo que él por fin encontró su respuesta.
- Te invito a que, cuando la contemples, llores por aquellos que no la vieron como nosotros ahora, llenando todo el cielo  y haciéndonos compañía. A que llores por ti y limpies lo malo que te dejó el día.
No recuerdo cuánto tiempo nos pusimos a llorar, abrazados. Después me invitó a  reír y a ser feliz porque había visto la luna y porque también habían otras personas que la veían como nosotros, que se llenaban de ella, que se irían con la dicha de haber vivido este momento y de haber sentido el calor que desprenden y el frío que abraza “A que rías porque esperas y sigues mañana con  lo bueno”. 

Me dio un abrazo  hasta casi salir el sol y recién me di cuenta que yo tenía un corazón para sentir, una mente y un alma para guardar esa sensación de que hasta en la más fría noche hay algo que ilumina. 

Hoy lo busqué a pesar de todavía pensaba que le faltaba un tornillo, pero también entendí porque ayer, estando  vivo, me invitó a ver la luna. 

Hoy, él ya no podía verla…