A muchos de nosotros nos ha ocurrido que gracias a las apresuradas carreras de los minibuses que tomamos, casi llegamos a otro destino que por supuesto no era el pensado al iniciar el viaje. Quiero compartir con ustedes un hecho que no creo que solo me haya pasado a mí.
- Después de atravesar una serie de peripecias, a las 7:15 de la mañana arribo a la Carrera de Comunicación Social, ubicada a dos cuadras de la Terminal de Buses de La Paz. El día se ha iniciado con el pie izquierdo, pues los sustos dentro del transporte han acompañado a la comida matinal.
Despierto con las noticias que el pequeño radio reloj ha puesto en sintonía a las seis de la mañana, pero no me importa, pues mis sentidos aún se encuentran entre los sabores del sueño. Son alrededor de 10 minutos que divago en la cama y peleo por escapar de los brazos de Morfeo para entregarme a las aulas de Comunicación Social.
Son las 6:15. Me levanto con gran pereza y me dirijo a la cocina a preparar el desayuno que con suerte lograré tener entre mi boca. El desayuno está listo antes de lo previsto. Vierto en una taza la avena con leche de la que consta la comida matinal y la dejo en la mesa para que enfríe y así consumirlo más fácilmente.
Sin pensarlo dos veces me dirijo a la ducha para quitarme del todo el pesado sueño. El jabón, el agua y la toalla han cumplido con su misión y ahora corro a la habitación que comparto con la hermana menor de la familia que aún duerme — ¡qué envidia! — de forma rápida me visto; un pantalón jeans, una chompa de cuello largo y otra que acompaña el conjunto para abrigarme del frío de la mañana son los atuendos elegidos para el día jueves y preparados desde el día anterior.
Desciendo a la cocina y absorbo lo que puedo de la taza de avena que se ha puesto tibia por el roce del frío mañanero que se impregna por toda la casa.
Salgo a toda prisa para descender por las tres cuadras que me separan de la avenida América en la zona de Villa Fátima.
Por suerte un minibús ha salido de no sé dónde, pero tampoco me importa averiguarlo. Levanto la mano para que éste se detenga y mis deseos son cumplidos. El voceador apresuradamente abre la puerta corrediza y me apresura a subir por los tres escalones que me dan acceso al minibús marca Toyota.
El chofer no espera a que tome asiento y arranca a tal velocidad que me es involuntario el arrellanarme en el segundo asiento de la parte posterior del móvil.
Dos cuadras más allá, un par de mujeres que se disponen a ir a la Ceja de El Alto, suben a la movilidad, teniendo antes la precaución de preguntar el destino al que se dirigen, pero se acomodan entre los primero asientos en las mismas circunstancias con las que yo llegué a tomar mi lugar.
Son las 6:55. Han transcurrido siete minutos exactamente. Nos encontramos en la avenida Tejada Sorzano. La velocidad con la que avanza el minibús está a mi favor, pues debido a la hora, la avenida se ha mantenido desierta todavía.
El minibús está casi lleno. De pronto otro minibús se detiene unos metros más adelante del nuestro para coger un pasajero. El minibús que tripulamos 11 personas ya, se detiene de pronto sorprendiendo a todos los ocupantes.
Las quejas no son tan notorias, al parecer es más grande el susto que los pasajeros nos llevamos a primeras horas de la mañana, y solo se escuchan algunos comentarios.
— ¡Cuidado! — exclama la mayoría de las personas
—¡qué ha pasado! — se escucha preguntar a otra.
Alguno que otro despistado, con la mirada perdida por la ventanilla, se da cuenta de la situación sólo cuando la inercia nos mueve a todos en una sola dirección.
Al parecer los tripulantes hemos olvidado el susto más antes de lo pensado. El minibús sigue su ruta. Ahora ha llegado a las inmediaciones del Mercado Yungas, y las calles aún están despejadas e ingresa a la calle Ballivián.
Antes de llegar a la plaza Murillo, otro pasajero hace la parada a la movilidad, la misma que para cogerlo debe arrinconarse a la esquina. Sin darse cuenta, de la esquina de la calle Colón aparece un radio taxi, que de no ser por los rápidos pies de nuestro conductor, la historia que se contaría sería otra.
En esta ocasión los ocupantes hacen conocer de forma clara su molestia por la imprudencia del conductor.
— ¡Tenga cuidado maestro, no está llevando carga! — grita desde atrás un hombre que no pasa de los 40 años.
— ¡Más cuidado…! ¡Qué pasa…! — exclama una de las mujeres que viaja en los primeros asientos de la parte posterior, y que al parecer, la inercia le ha dado más fuerte.
Entre los pasajeros no falta alguien que exclama una de las palabras que son tan conocidas en nuestro vocabulario de rabia o discusión que se estrellan contra la integridad del apresurado conductor, que, irónicamente, llevaba entre los autoadhesivos del interior del minibús el mensaje que rezaba “Mas vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto.”
Ya en la plaza Murillo, el acelerado minibús disminuye a velocidad, pero la molestia de la gente no pasa, y, al parecer, los policías que se encuentran en las inmediaciones no se han percatado de lo que sucede en los alrededores de la plaza central.
El móvil ahora ha ingresado a la calle Ingavi que nos llevará hasta la avenida Montes, y, posteriormente, a la Autopista que une las ciudades de La Paz y El Alto, donde, al parecer, retomará la velocidad inicial con la que también estreno el día.
Antes que el minibús ingrese a su otra loca carrera por la autopista, desciendo del móvil, para correr y tratar de llegar temprano a la clase de Redacción III. Por lo visto conseguí el objetivo, pero el susto quién me lo quita…