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viernes, 19 de diciembre de 2014

Bodas de perla


Por: Mario Benedetti


Después de todo qué complicado es el amor breve y en cambio qué sencillo el largo amor. Digamos que éste no precisa barricadas contra el tiempo ni contra el destiempo,  ni se enreda en fervores a plazo fijo.

El amor breve aún en aquellos tramos en que ignora su proverbial urgencia,  siempre guarda. o esconde, o disimula semiadioses que anuncian la invasión del olvido; en cambio el largo amor no tiene cismas, ni soluciones de continuidad, más bien continuidad de soluciones.

Esto viene ligado a una historia: la nuestra, quiero decir de mi mujer y mía, historia que hizo escala en treinta marzos que a esta altura son como treinta puentes, como treinta provincias de la misma memoria porque cada época de un largo amor, cada capítulo de una consecuente pareja, es una región con sus propios árboles y ecos, sus propios descampados sus tibias contraseñas.

He aquí que mi mujer y yo somos lo que se llama una pareja corriente y por tanto despareja. Treinta años incluidos los ocho bisiestos de vida en común y en extraordinario.

Alguien me informa que son bodas de perlas y acaso lo sean ya que perla es secreto y es brillo llanto fiesta hondura y otras alegorías que aquí vienen de perlas.

Cuando la conocí tenía apenas doce años y negras trenzas y un perro atorrante que a todos nos servía de felpudo.

Yo tenía catorce y ni siquiera perro. Calculé mentalmente futuro y arrecifes y supe que me estaba destinada, mejor dicho que yo era el destinado. Todavía no sé cuál es la diferencia.

Así y todo tardé seis años en decírselo y ella un minuto y medio en aceptarlo.

Pasé una temporada en Buenos Aires y le escribía poemas o pancartas de amor que ella ni siquiera comentaba en contra y yo, sin advertir la grave situación, cada vez escribía más poemas, más pancartas. Realmente fue una época difícil.

Menos mal que decidí regresar como un novio pródigo cualquiera.

El hermano tenía bicicleta. Claro, me la prestó y en rapto de coraje salí en bajada por la calle Almería.

Ah!! lamentablemente el regreso era en repecho. Ella me estaba esperando muy atenta. Cansado como un perro, aunque enhiesto y altivo, bajé de aquel siniestro rodado y de pronto me desmayé en sus brazos providenciales. Y aunque no se ha repuesto aún de la sorpresa, juro que no lo hice con premeditación.

Por entonces su madre nos vigilaba desde las más increíbles atalayas. Yo me sentía cancerbado y miserable delincuente casi delicuescente.

Claro eran otros tiempos y Montevideo era una linda ciudad provinciana sin capital a la que referirse y con ese trauma no hay terapia posible, eso deja huellas en las plazoletas.

Era tan provinciana que el presidente andaba sin capangas y hasta sin ministros. Uno podía encontrarlo en un café o comprándose corbatas en una tienda. La prensa extranjera destacaba ese rasgo comparándonos con Suiza y Costa Rica.

Siempre estábamos llenos de exilados, así se escribía en tiempos suaves. Hora en cambio somos exiliados, pero la diferencia no reside en la i: eran bolivianos, paraguayos, cariocas y sobre todo eran porteños.

A nosotros nos daba mucha pena verlos en la calle nostalgiosos y pobres vendiéndonos recuerdos y empanadas.  Es claro, son antiguas coyunturas. Sin embargo señalo a lectores muy jóvenes que Graham Bell ya había inventado el teléfono, de aquí que yo me instalara puntualmente a las seis en la cervecería de la calle Yatay y desde allí hacía mi llamada de novio que me llevaba como media hora.

A tal punto era insólito mi lungo metraje que ciertos parroquianos rompebolas me gritaban cachádome al unísono “dale anclao en París”. Como ven, el amor era dura faena y en algunas vergüenzas casi industria insalubre.

Para colmo comí abundantísima lechuga que nadie había desinfectado con carrel.  En resumidas cuentas: contraje el tifus, no exactamente el exantemático, pero igual de alarmante y podrido me daban agua de apio y jugo de sandía. Yo por las dudas me dejé la barba e impresionaba mucho a las visitas.

Una tarde ella vino hasta mi casa y tuvo un proceder no tradicional, casi diría prohibido y antihigiénico que a mí me pareció conmovedor:  besó mis labios tíficos y cuarteados conquistándome entonces para siempre, ya que hasta ese momento no creía que ella fuese tierna inconsciente y osada.

De modo que no bien logré recuperar los catorce kilos perdidos en la fiebre, me afeité la barba que no era de apóstol, sino de bichicome o de ciruja, me dediqué a ahorrar y junté dos mil mangos cuando el dólar estaba me parece a uno ochenta. Además decidimos nuestras vocaciones, quiero decir vocaciones rentables: ella se hizo aduanera y yo taquígrafo.

Íbamos a casarnos por la iglesia y no tanto por Dios padre y mayúsculo como por el minúsculo Jesús entre ladrones con quien siempre me sentí solidario, pero el cura además de católico apostólico, era también romano y algo tronco. De ahí que exigiera no sé qué boleta de bautismo o tal vez de nacimiento.

Si de algo estoy seguro es que he nacido, por lo tanto nos mudamos a otra iglesia donde un simpático pastor luterano que no jodía con los documentos sucintamente nos casó y nosotros dijimos “SÍ” como dándonos ánimo y en la foto salimos espantosos.

Nuestra luna y su miel se llevaron a cabo con una praxis semejante a la de hoy, ya que la humanidad ha innovado poco en este punto realmente cardinal.

Fue allá por marzo del cuarenta y seis, meses después que Daddy Truman, conmovido, generoso, sensible, expeditivo, convirtiera a Hiroshima en ciudad cadáver, en inmóvil guiñapo en no ciudad. Muy poco antes o muy poco después, en Brasil, Adolphe Berk, embajador de USA, apoyaba qué raro el golpe contra Vargas. En Honduras las inversiones yanquis ascendían a trescientos millones de dólares; Paraguay y Uruguay en intrépido “Ay” declaraban la guerra a Alemania sin provocar, por cierto, grandes conmociones. En Chile, Allende era elegido senador y en Haití los estudiantes iban a la huelga. En Martinica, Aimé Cesaire, el poeta,  pasaba a ser alcalde en Fort de France. En Santo Domingo el PCD se transformaba en PSP y en México el PRM se transformaba en PRI.  En Bolivia no hubo cambios de siglas pero faltaban tres meses solamente para que lo colgaran a Villarroel. Argentina empezaba a generalizar y casi de inmediato a coronelizar.

Nosotros dos nos fuimos a Colonia Suiza ajenos al destino que se incubaba. Ella con un chaleco verde que siempre me gustó y yo con tres camisas blancas.

En fin!! Después hubo que trabajar y trabajamos treinta años. Al principio éramos jóvenes pero no lo sabíamos, cuando nos dimos cuenta ya no éramos jóvenes. Si ahora todo parece tan remoto será porque allí una familia era algo importante y hoy es de una importancia reventada.

Cuando quisimos acordar el paisito que había vivido una paz no ganada, empezó lentamente a trepidar pero antes anduvimos muy campantes por otras paces y trepidaciones. Combinábamos las idas y las vueltas, la rutina nacional con la morriña allá lejos. Viajamos tanto y con tantos rumbos que nos cruzábamos con nosotros mismos; unos eran viajes de imaginación (qué baratos) y otros (qué lata) con pasaporte y vacuna.

Miro nuestras fotos de Venecia, de Innsbruck y también de Malvín, del Balneario Solís o el Philosophenweg. Estábamos, estamos, estaremos juntos.

Pero cómo ha cambiado el alrededor. No me refiero al fondo con mugrientos canales, ni al de dunas limpias y solitarias, ni al hotel chajá ni al balcón de Goethe, ni al contorno de muros y enredaderas, sino a los ojos crueles que nos miran ahora.

Algo ocurrió en nuestra partícula de mundo que hizo de algunos hombres maquinarias de horror. Estábamos, estamos, estaremos juntos. Pero qué rodeados de ausencias y mutaciones, qué malheridos de sangre hermana, qué enceguecidos por la hoguera maldita.

Ahora nuestro amor tiene como el de todos inevitables zonas de tristeza y presagios, paréntesis de miedo incorregibles lejanías, culpas que quisiéramos inventar de una vez para liquidarlas definitivamente.

La conocida sombra de nuestros cuerpos ya no acaba en nosotros, sigue por cualquier suelo cualquier orilla hasta alcanzar lo real escandaloso y lamer con lealtad los restos de silencio que también integran nuestro largo amor.

Hasta las menudencias cotidianas se vuelven gigantescos promontorios, la suma de corazón y corazón es una suasoria paz que quema. Los labios empiezan a moverse detrás del doble cristal sordomudo, por eso estoy obligado a imaginar lo que ella imagina y viceversa. 

Estábamos, estamos, estaremos juntos. A pedazos, a ratos, a párpados a sueños.  Soledad norte, más soledad sur para tomarle una mano nada más, ése primario gesto de la pareja. 

Debí extender mi brazo por encima de un continente intrincado y vastísimo y es difícil no sólo porque mi brazo es corto (siempre tienen que ajustarme las mangas), sino porque debo pasar estirándome sobre las torres de petróleo en Maracaibo, los inocentes cocodrilos del Amazonas, los tiras orientales de Livramento. 

Es cierto que treinta años de oleaje nos dan un inconfundible aire salitroso y gracias a él nos reconocemos por encima de acechanzas y destrucciones. La vida íntima de dos, esa historia mundial en libre de poche, es tal vez un Cantar de los Cantares, más el Eclesiastés y sin Apocalipsis. Una extraña geografía con torrentes, ensenadas praderas y calmas chichas.

No podemos quejarnos. En treinta años la vida nos ha llevado recio y traído suave. Nos ha tenido tan, pero tan ocupados que siempre nos deja algo para descubrirnos, a veces nos separa y nos necesitamos. Cuando uno necesita se siente vivo, entonces nos acerca y nos necesitamos. 

Es bueno tener a mi mujer aquí aunque estemos silenciosos y sin mirarnos. Ella leyendo su séptimo círculo y adivinando siempre quién es el asesino, yo escuchando noticias de onda corta con el auricular para no molestarla y sabiendo también quién es el asesino. 

La vida de pareja en treinta años es una colección inimitable de tangos, diccionarios, angustias, mejorías, aeropuertos, camas, recompensas, condenas… pero siempre hay un llanto finísimo, casi un hilo que nos atraviesa y va enhebrando una estación con otra borda aplazamientos y triunfos. Le cose los botones al desorden y hasta recomienda melancolías, siempre hay un finísimo llanto, un placer que a veces ni siquiera tiene lágrimas y es la parábola de esta historia mixta. 

La vida a cuatro manos el desvelo o la alegría en que nos apoyamos cada vez más seguros casi como dos equilibristas sobre su alambre, de otro modo no habríamos llegado a saber qué significa el brindis que ahora sigue y que lógicamente no vamos a hacer público.