El peladito está echado boca abajo. Parece que duerme;
tal vez no. No siente frío, quién lo sentiría con 36 grados que queman a
cualquiera que se muestre al sol a las 10 de la mañana. Esta sin nada que le
cubra la espalda, plomiza, sucia de barro sucio y seco. Su pantalón se nota que
alguna vez fue un jean, ahora tiene el mismo color que cubre su espalda, y
apenas le cubren la mitad de los glúteos.
No se mueve. Está extendido cortando el paso
de toda la acera. La gente lo mira de lejos, lo rodea y se pasa. “Pobre
peladito”, dicen algunos y pasan también. Otros se van a la vereda del frente y
lo miran de lejitos. Los más avezados dan una zancada y pasan sobre él, para
ellos no existe, para nadie existe.
Por fin, el peladito despierta con los ojos chinos
y medio atontado. Mira de un lado a otro, se endereza con todo el tiempo del
mundo, se arrastra hasta un rincón de la calzada, encorva la espalda, abraza
sus rodillas, oculta la cabecita en medio de sus piernas y se queda quieto, tal
vez se ha vuelto a dormir, quién sabe, a veces no sabemos siquiera si respira. Pero, a quién le importa!!!
La señora de
la tienda de al lado lo mira de reojo y duda un rato. Se nota que el
peladito la asusta y, como para espantarlo, empieza a barrer la calzada, riega
con agua y sigue barriendo como si nadie estuviera.
El peladito
endereza solo los ojos, casi los blanquea. La mira, tal vez suplica algo, tal
vez que no lo eche. No funciona. La señora sigue regando con agua la entrada y
por fin gana la partida.
El peladito se
pone en pie a duras penas, tambalea, sigue atontado, arregla a como puede el
pantalòn, tratando de ajustarlo a su
cintura de niño y se marcha. La gente le abre paso, también tienen miedo. "Pobre peladito",
se escucha nuevamente por detrás de él.
Mañana quién sabe en cuál acera
amanecerá, tal vez otra señora ya no lo espante y pueda ver más que la calle y
sus peligros en esa carita.
Quién sabe,
tal vez ni siquiera amanezca para el pobre peladito…


