El día que me fui el sol me despidió y la luna me acompañó hasta las grandes puertas de aquella ciudad de cristal y rocas. Nunca más pensé que volvería a estar dentro de los muros invisibles de la ciudad de los gigantes.
Ahora que he vuelto, las cosas han cambiado. Ya no están los muros tan altos e invisibles y la gran puerta, hecha por tantas plantas trepadoras y que estaba cuidada por picaflores, ahora está seca. En una de las esquinas pude ver a Camila, convertida ahora en un ser extraño, tratando de hacer que los arboles brotaran otra vez.
Me vio y me saludó. Me llevo a conocer su nueva “casa” como llamaba al lugar donde vivía ahora. Ya no estaba en una de las grandes cuevas de cristal tapizada de marmol donde la conocí. Ahora había decidido vivir en las galerías que había abierto debajo de la tierra “para cuidarse del hombre malo”, según me dijo.
¿Hombre malo? ¿Y quién podía ser ése?
Camila preparó algo para beber, le puso un enorme grano de azúcar que sacó de sus despensas al final de la galería y me lo ofreció.
Se sentó frente a mí sobre esas cuatro delgadas patitas y me contó que la misma noche-día que me fui, habían llegado unos seres pidiendo un lugar para dormir. Danir, el anciano gigante los había acogido en una de las cuevas de cristal que estaban en un extremo de la ciudad. Los seres jamás dijeron cuánto tiempo abrían de quedarse, pero a Danir no le importó.
Paso un tiempo y los seres empezaron a remover la tierra y enterraron algunos frutos que recogían de los árboles que cuidaba Eusebio, el topo encargado de cuidar el bosque, y al que después de un tiempo no lo volvieron a ver.
Tres meses habían transcurrido y ninguno de los habitantes había notado que esos seres extraños, que se movían en dos apoyos, habían puesto un muro alrededor de la cueva que Danir les había dado para vivir.
"¿Un muro dentro de los muros? ¿Para qué?", pregunté a Camila.
Ella me dijo que tampoco lo sabía. Que un buen día, René se había chocado contra ella cuando buscaba las flores de naranjo para trabajar. Preguntaron al Sol, pero éste les respondió que no había visto nada porque los seres habían aprendido a taparse de sus rayos y a poner color en las paredes de la cueva de cristal y que de esta manera habían logrado esconderse de su mirada.
La Luna, que muchas veces está sola pensando, tampoco se dio cuenta cuando los seres habían levantado el muro. Dijo que a ella ya ni la miraban y que pocas veces notaban su presencia por lo callada que siempre estaba.
Danir no dijo nada y les dio la libertad de hacer cuanto quisieran dentro de su “casa”, como según la paloma los escuchó llamar a la cueva pintada donde vivían.
Pasaron algunos meses y otro muro se levantó; también habían logrado detener el agua del río donde Marcela, la oveja, solía beber agua.
Camila me dijo que el Sol les contó que, en esta ocasión, había escuchado sonidos fuertes que salían de la “casa” y que uno de los seres salió de la muralla levantada y se fue a la cueva que estaba al frente de la primera, por donde pasaba el río. Allí había levantado otro muro para que los seres que vivían en la “casa” no pudieran ingresar a su cueva.
Marcela no dijo nada y se fue a buscar otro río donde beber, pero que no lo encontró y , según me contó Camila, pronto la vieron ingresar a los muros de la casa donde se dice que después vivió en otro muro.
Cuando los seres extraños se hacían más grandes tenían más necesidades y no se conformaban con sólo quitar las frutas de un árbol, sino que buscaban otro y otro y removían más y más la tierra.
Con el tiempo los seres habían visto la forma de cortar los árboles y convertirlos en “mesas”, “sillas” o cuantas cosas necesitaran, que habían removido tanto la tierra que habían sacado de ella sus huesos y los convertían en “varas para lastimarse unos a otros” o simplemente les daban formas extrañas y les ponían nombres raros.
Muy pronto los “animales”, como llamaron a los amigos de Marcela, empezaron a alejarse de ellos. Lo “peces” se fueron debajo del agua y aprendieron a nadar porque vieron que los seres no podían estar mucho tiempo debajo de ella, como ellos.
Las “aves” se fueron al cielo porque los seres no podían subir donde estaban.
Camila me contó que los seres se ponían nombres y que habían aprendido a escoger a algunos “animales” que podían serles útiles, que los llevaron a vivir con ellos dentro de los muros que construían y que a los demás los dejaron fuera.
“Y Danir no hizo nada??”, le pregunté.
Camila me dijo que Danir protegió a los que pudo, que a los gigantes los puso detrás del sol para que se protegieran porque los seres no podían llegar a él por más que quisieran, su presencia cercana les lastimaba; a otros los convirtió en nubes para que pudieran salir de las murallas invisibles de la ciudad sin ser notados, y que algunas veces que regresaban lo hacían como agua para ayudar a los “animales”.
Al sol y la luna los separó y los puso uno frente a otro para que cuando el sol no estuviera la luna pudiera vigilar a los seres. A algunos gigantes los mandó al cielo y les dio pequeñas luces para que acompañaran a la luna y así no la asustaran, porque, según me dijo, ya habían querido alcanzarla.
Que a otros los convirtió en seres pequeños para que pudieran vivir debajo de la tierra y así la ayudaran a recuperarse después de que los seres la removieran o sacaran nuevamente sus huesos. Danir se fue a vivir detrás del sol, junto a los gigantes, para que los “humanos” no lo alcanzaran y así querer saber cómo funcionaba su magia.
Camila dijo que ahora ella era una “hormiga” y que junto a algunos habían logrado vivir bajo la tierra en galerías; algunas veces Danir vuelve a la ciudad con muros invisibles convertido en nube, en “ave”, en “pez” o en los nuevos seres que creó y que muy pronto los seres extraños se irán de la ciudad porque casi ya no hay nada por lo que se quedaron.
Dice que a los gigantes que se esconden detrás del sol les da miedo salir, pero que han empezado a construir otra ciudad con muros invisibles.
Camila me dice que siempre hay alguien que la está esperando más allá de donde se oculta el sol.
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